Cuando el cielo de Median se abrió en siete colores que ningún telescopio había registrado antes, la anciana Sonia Velt supo que había llegado el momento de contar, por fin, la historia. Durante Siete años había guardado silencio sobre lo que presenció aquella noche en la que el mundo estuvo a punto de apagarse como una vela entre dos dedos. Ahora, con el cielo partido sobre la ciudad y las sirenas de emergencia aullando en la distancia, reunió a su nieta, Yuna, en el balcón y comenzó a hablar.
—“Todo empezó mucho antes de que tú nacieras; incluso es más, mucho antes de que yo naciera. Empezó con un hundimiento”.
Según contaba Sonia, en el fondo del océano existía un reino llamado T`Jira, una civilización que había decidido, hacía milenios, alejarse de la superficie después de una guerra que estuvo a punto de partir el mundo en dos. Sus habitantes desarrollaron cuerpos capaces de resistir la presión de las fosas más profundas, cultivaron ciudades hechas de coral vivo y luz bioluminiscente, y gobernaron sus mareas con una disciplina casi religiosa. El último rey de T`Jira, Coren Adar, había crecido oyendo que la superficie estaba maldita, hasta que un día, mientras patrullaba los límites de su reino, encontró una nave hundida, ajena a cualquier tecnología humana o t`jirana. Dentro de esa nave había un solo superviviente: un niño, envuelto en un capullo de metal líquido que se había abierto solo al contacto con el agua fría. Coren lo llevó a la superficie, contra todas las leyes de su pueblo, y lo entregó a una pareja de pescadores en las islas de Korvenn, un lugar lejano del clima severo, donde el niño creció sin saber que su cuerpo había nacido bajo la luz de un sol pequeño en relación al nuestro.
Ese niño se llamaría, con el tiempo, Aren Krest.
Su mundo de origen, contaba Sonia, se llamaba Xantiel, un planeta que había alcanzado una civilización luminosa, casi perfecta, hasta que su propio núcleo, sobrecalentado por siglos de explotación energética, comenzó a resquebrajarse desde adentro. Los científicos de Xantiel lo supieron con años de anticipación, pero el orgullo de sus gobernantes retrasó cualquier evacuación masiva hasta que fue demasiado tarde, excepto para un puñado de naves lanzadas al azar hacia sistemas lejanos, cada una con la silenciosa esperanza de que alguna encontrara un lugar donde la semilla de Xantiel pudiera germinar de nuevo.
Aren creció en Korvenn sin saber nada de esto, criado como un muchacho del mar, hasta que un día, salvando a su padre adoptivo de morir aplastado bajo una pesada viga de hierro que ningún humano podría haber levantado, descubrió que su cuerpo respondía a leyes distintas a las de quienes lo rodeaban. La luz de nuestro sol, tan distinta a la de Xantiel, había hecho de él algo que ni él mismo comprendía.
—“Pero un hombre solo, por fuerte que sea, no basta para sostener el mundo” —dijo Sonia, y en ese momento su voz cambió, adquirió el tono grave de quien relata algo que todavía le cuesta creer haber vivido—. “El equilibrio nunca lo sostiene una sola persona. Lo sostiene una alianza”.
Fue así como, con el paso de los años, Aren conoció un día a Coren Adar, en ese momento exiliado de su propio reino al ser descubierto haber roto su ley más sagrada al rescatar a un extraño. Juntos se encontraron con Ilyana Voth, hija de los clanes alados de Skarr 9, un mundo desértico bajo dos soles gemelos, donde la gente había desarrollado, generaciones atrás, arneses de vuelo forjados con un mineral llamado “ranthium”, capaz de imitar el vuelo natural de las aves de presa que dominaban aquellos cielos. Ilyana había llegado a nuestro mundo persiguiendo a un fugitivo de su propio pueblo, un guerrero corrupto que planeaba usar la tecnología de Skarr 9 para someter civilizaciones más débiles, y se quedó al encontrar entre los humanos algo que en su mundo natal escaseaba: la costumbre de perdonar. Se sumaron otros. Un maestro de las artes marciales que había entrenado en un templo escondido entre montañas que ningún mapa oficial señalaba. Una científica capaz de encoger su cuerpo hasta el tamaño de un átomo sin perder la cordura en el proceso. Un velocista que había sido cargado por un rayo de una energía que ningún laboratorio pudo replicar. Cada uno llegó al grupo por caminos distintos, arrastrando pérdidas distintas, pero todos coincidían en una certeza incómoda: el mundo, tal como estaba, no podía defenderse solo de lo que se avecinaba.
Y lo que se avecinaba tenía nombre: “los Hijos de Vharn”.
Sorna explicó que los Hijos de Vharn eran una idea que había tomado forma física en un rincón remoto del cosmos, tan antiguo que ni siquiera las estrellas que los vieron nacer seguían existiendo. Se autodenominaban administradores del orden final, seres que consideraban que toda civilización, tarde o temprano, terminaba consumida por su propio caos, y que la única compasión posible era acelerar ese final antes de que el sufrimiento y la entropía se prolongaran demasiado. Su líder, una entidad que se hacía llamar “Kirath el Silencioso”, gobernaba con una energía capaz de reescribir la voluntad de mundos enteros, convirtiendo a poblaciones completas en instrumentos dóciles de su propia extinción.
—“Los vi llegar —dijo una antepasada mía —mencionó Sonia, y por primera vez en esa noche su voz tembló—. “Ella era muy joven, apenas mayor que tú, cuando el cielo sobre la capital se llenó de estructuras oscuras, como catedrales invertidas, que devoraban la luz en lugar de reflejarla.
Aren, Coren, Ilyana y los demás se enfrentaron a los Hijos de Vharn en lo que después se llamaría, en los pocos registros que sobrevivieron, “la Noche de las Siete Luces”. Porque fueron Siete los puntos de luz que aparecieron sobre la ciudad aquella noche, uno por cada héroe dispuesto a interponerse entre Kirath y la población indefensa. La batalla no se libró solo con fuerza, aunque Aren llegó a levantar estructuras que ningún ingeniero habría creído posibles, y Coren convocó mareas que ahogaron a un tercio de las fuerzas invasoras en cuestión de minutos. Se libró también en un plano más sutil, uno donde Kirath intentaba, con cada palabra susurrada, convencer a los héroes de que su sacrificio era inútil, que el orden final llegaría de todas formas, tarde o temprano, con ellos o sin ellos.
—“¿Y cómo ganaron?” —preguntó Yuna, apretando la baranda del balcón mientras el cielo seguía abierto sobre la ciudad.
—“No ganamos con un golpe final, ni con un arma secreta” —respondió Sonia—. “Ganamos porque Ilyana, en el momento en que Kirath la tenía acorralada, convencida de que ya no valía la pena resistir, recordó algo que su pueblo, en su desesperación por dominar los cielos de Skarr 9, había olvidado: que ningún poder importa si no hay alguien dispuesto a usarlo para proteger a otros, sin esperar nada a cambio. Se lo dijo a Kirath, y en verdad lo creía, y por primera vez en milenios, la entidad titubeó. Ese titubeo bastó. Aren aprovechó la fracción de segundo de duda para asestar el golpe que quebró la conexión de Kirath con el resto de los Hijos de Vharn, dispersando su ejército de vuelta hacia el vacío del que habían salido. La científica que podía encogerse hasta el tamaño de un átomo se introdujo, en ese mismo instante, en el núcleo de la nave nodriza que sostenía la energía de Kirath, y desde adentro, con una precisión que ningún arma convencional habría logrado, deshizo uno a uno los conductos que alimentaban aquel poder de reescritura de voluntades. El velocista, mientras tanto, corría en círculos alrededor de la ciudad, evacuando a quienes quedaban atrapados entre los escombros con una rapidez tal que convertía las horas en minutos, cargando ancianos y niños en sus brazos como si no pesaran nada, deteniéndose solo el tiempo justo para asegurarse de que cada persona estuviera realmente a salvo antes de volver a lanzarse hacia la siguiente en otra carrera.
No fue una victoria limpia. Costó la vida al maestro de artes marciales, que se interpuso entre una estructura colapsante y un grupo de niños que no habían alcanzado a evacuar. Costó, también, la mano derecha de Coren, que jamás volvió a gobernar T`Jira; decidió quedarse en la superficie, entre los humanos, cuidando de lo que había ayudado a salvar. Ilyana, por su parte, cargó durante años con la culpa de haber estado a punto de rendirse, aun cuando todos a su alrededor insistían en que fue justamente su honestidad, y no su fuerza, lo que había torcido el destino de aquella noche.
—“Formaron entonces una alianza” —continuó Sonia—. “La llamaron el Pacto de las Siete Luces, en honor a esa noche, aunque ya para entonces eran más de Siete quienes lo integraban. Juraron que, mientras existiera un mundo habitado en cualquier rincón del universo conocido, habría alguien dispuesto a interponerse entre ese mundo y su propia oscuridad”.
Yuna miró el cielo, todavía partido en aquellos Siete colores, y por primera vez entendió por qué su abuela nunca había querido hablar de esa noche antes de ahora.
—“¿Es eso lo que está pasando ahora?” —Preguntó, con un hilo de voz—. “¿Volvieron los Hijos de Vharn?”
Sonia no respondió de inmediato. Se quedó observando el horizonte, donde una figura diminuta, apenas visible, ascendía hacia las estructuras oscuras que empezaban a formarse sobre la ciudad con gran velocidad.
—“No lo sé” —dijo finalmente—. “Pero si algo se aprendió aquella noche, es que el universo puede cambiar, puede fracturarse, puede intentar apagarse una y otra vez. Pero siempre, en algún rincón, alguien decide que vale la pena encender un faro más, aunque sea el último”.
La anciana tomó la mano de su nieta con la firmeza que le quedaba, y juntas observaron cómo, uno a uno, nuevos puntos de luz comenzaban a aparecer sobre Median, respondiendo a un llamado que ninguna de las dos había escuchado, pero que ambas, de alguna manera, siempre habían sabido que llegaría.
—“Algún día” —susurró Sonia—, “cuando ya no esté para contártelo, alguien más tendrá que sentarse en este balcón y explicarle a otra niña por qué el cielo, de vez en cuando, decide abrirse en Siete colores. Y espero, Yuna, que para entonces tú tengas una historia propia que agregar a la mía”.
Abajo, en las calles de Median, la gente salía de sus casas para observar el fenómeno, algunos con miedo, otros con una curiosidad que no sabían explicar, y unos pocos, los que habían crecido escuchando historias como las de Sonia transmitidas de generación en generación en voz baja, con una certeza silenciosa de que, pasara lo que pasara esa noche, no estarían completamente solos. Porque el legado del Pacto de las Siete Luces nunca había sido la fuerza de sus integrantes, ni sus orígenes extraordinarios, ni los poderes que cada uno arrastraba desde mundos y profundidades oceánicas y cielos distintos. Su verdadero legado era esa certeza simple y terca que Ilyana le había recordado a Kirath en el momento más oscuro: que siempre, en cualquier época, en cualquier rincón del universo que se sintiera a punto de romperse, habría alguien dispuesto a mirar hacia el cielo partido y decir, sin saber todavía cómo, que no iba a rendirse.
Y así, mientras el cielo seguía abierto sobre sus cabezas, Sonia y Yuna permanecieron en el balcón, esperando a que la luz, una vez más, decidiera no apagarse.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
